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LA ROSA VARADA

19 comentarios

Fue Leandro quien la encontró poco antes del amanecer, mientras hacía footing a la orilla del mar.

En un primer momento, debido a la confusión producida por lo temprano de la hora y a la sorpresa del descubrimiento creyó que se había cumplido por fin el sueño al que tanto recurrió en sus solitarias noches infantiles y que había encontrado una sirena.  Pero al acercarse, y a pesar de que su mente era incapaz todavía de darse cuenta de la magnitud de su descubrimiento pudo comprobar que tenía piernas. Unas piernas preciosas, por cierto, como también lo era el resto de su cuerpo.

Mientras esperaba a que llegasen los servicios de emergencia, a los que avisó desde el teléfono móvil, intentó encontrar en ella algún signo de vida y se arrepintió con toda su alma de no haber llegado nunca a tomar la decisión de inscribirse en un curso de primeros auxilios.

La escasa luz no le impidió apreciar los enormes moratones repartidos por todo su cuerpo y algunos cortes en las mejillas y en las manos, como si hubiese tratado de defenderse.

Aún a riesgo de cometer alguna imprudencia si la movía, la sacó del agua. Sintió su piel helada, como un témpano y se quitó la camiseta en un intento, casi ridículo, de abrigarla.  La abrazó y frotó sus articulaciones para darle calor mientras con la vista buscaba desesperadamente a la ambulancia.

En aquel momento, mientras la acunaba entre sus brazos sintió que nada malo podría pasarle mientras él  estuviese a su lado y la besó, tratando de insuflarle ese convencimiento y su deseo de que permaneciese con vida.  La besó, como volvería a hacerlo tantas veces durante los tres meses que ella permaneció en coma tumbada inerte en la cama del hospital.

Durante todo ese tiempo, Leandro se preguntó miles de veces quien era.  Él nunca había contemplado de cerca una mujer así, tan bella, tan etérea y tan sola…

Nadie había preguntado por ella y según la policía no figuraba en ningún registro de personas desaparecidas.

Leandro, sentado a la cabecera de su cama, aspiraba el perfume de las rosas que él mismo traía para ella cada dos o tres días y que le recordaban el momento en que la encontró en la playa.  Una rosa en toda su belleza, que algún puño insensible estrujó y abandonó a una muerte segura.

¿Quién podía ser capaz de una cosa así?

Cuando la miraba, lo invadía la ternura y sin darse cuenta los ojos se le llenaban de lágrimas.

Dedicaba todo su tiempo libre a cuidarla. Le leía libros de temas variados, porque en realidad no sabía que tipo de lectura le gustaba. Ni siquiera sabía si le gustaba leer, pero le parecía importante que escuchase su voz, que sintiese que no estaba sola.

Con la música sucedía lo mismo.  Unas veces sonaban en la pequeña habitación acordes de guitarra o románticos boleros y otras, probaba con un poco de rock. Al principio, con la idea de despertarla, aunque, conforme pasaba el tiempo, esa posibilidad le daba cada vez más miedo.

Una tarde, mientras se dirigía al hospital con su ramo de rosas recibió una llamada en el teléfono móvil.  Era Alicia, una de las enfermeras del hospital que a lo largo de todo ese tiempo se había turnado con Leandro para darle cuidados.  Entre los dos, ejercitaban diariamente sus piernas y brazos y la masajeaban con un tónico para mejorar la circulación. Al igual que él, Alicia se había involucrado con aquella paciente de una manera que excedía las obligaciones que le imponía su trabajo en el hospital y le enternecía ver el cariño con el que Leandro se ocupaba de una completa desconocida.

Alicia estaba como loca. No sabían qué había ocurrido pero, de pronto, había despertado. Ahora, los médicos le estaban haciendo pruebas pero ella había pensado que a Leandro le gustaría estar allí cuando le diesen permiso para recibir visitas.

El teléfono se le cayó de las manos y se quebró en mil pedazos.  Su primer impulso fue correr al hospital para verla y abrazarla pero se impuso con fuerza la voz que le decía que no significaba nada para ella, que ni siquiera lo conocía.  Nunca lo había visto ni sabía de él. Ahora que había despertado se iría a seguir con su vida.   Es posible que ni siquiera viviese en este país.  Y, por supuesto, era impensable que pudiese estar interesada en un hombre como él.

Abandonó las flores en una papelera y recorrió las calles sin rumbo hasta que el agotamiento le hizo regresar a su casa.  Una casa en la que ahora ya no sabía como pasar las horas, acostumbrado a correr al hospital en cuanto tenía un minuto libre.

Habían transcurrido un par de meses cuando una noche lo sobresaltó el timbre de la puerta.

Allí estaba ella. Se miraron y por fin Leandro pudo contemplar el color limpio de sus ojos, como el mar que acariciaba su cuerpo cuando la encontró.

Ella le sonrió y reconoció desde lo más profundo de su corazón aquella voz que la había sujetado como un ancla cuando todo lo demás la invitaba a abandonar.

Le tendió la mano y supo que por fin había encontrado unos ojos donde descansar su mirada.

Ana Isabel García Capapey.  2010

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19 pensamientos en “LA ROSA VARADA

  1. Este relato es un poco especial para mí. Lo habitual es que a un cuento escrito con anterioridad por Anabel, le incorpore mis fotos.

    En este caso ha sido al revés, primero la foto, la flor sobre la arena. Cuando la hice estábamos paseando por las playas de Cambrils junto a nuestros maridos y creo que a todos les sorprendió verme disparar mi cámara contra la arena, aparentemente sobre algún resto traído por el mar.

    Cuando le enseñé a Anabel el resultado, creo que le gustó y me anunció que iba a escribir un cuento inspirado en la foto.

    Espero que os guste tanto como a mí. Gracias Anabel.

  2. Me ha gustado muchisimo, me he quedado con ganas de más.
    Hasta el proximo relato!!

  3. Sera que el mar me llena, me llama, me inspira todas esas cosas que me dan tu relato, calor por la vida y el amor desinteresado por la vida de alguien.

    Me ha encantado.

    Un Saludico.

  4. Como dice Ana, esta vez fue la foto la que motivó el relato. Yo le vi disparar la foto y pensé: “¡Que foto tan bonita! y que triste…No sé por qué pero pensé en que aquella flor, por la mañana habría sido perfecta, con el color y el olor en todo su explendor. Si alguien (probablemente la persona que disfrutó de ese olor y color) la hubiese puesto en un vaso con agua hubiese durado al menos una semana, (lo que es la vida normal de una flor) pero estaba allí, tirada entre la arena, abandonada y sin ninguna posibilidad de recuperación. Me hizo pensar en el usar y tirar de las cosas y a veces, de las personas, en lo efímero de la juventud y de la belleza y en lo distinta que puede llegar a ser la vida dependiendo de quien tengas a tu lado. Pensé en los malos tratos, en los niños desatendidos por sus padres, en las segundas oportunidades y en que a veces, cuando todo parece perdido es cuando podemos reconocer una segunda oportunidad.
    Cuando comencé a escribir pensaba hacer una especie de comentario a pie de foto y esto es lo que salió. Muchas gracias a todos por vuestras palabras. José Antonio, es precioso lo que dices y Javi y Diana, gracias por vuestra fidelidad. Y a Viky, gracias por animarme con el blog con el que cada vez disfruto más. Un gran abrazo. Anabel

  5. Es curioso, la fotografía de la flor en la arena me ha gustado mucho, me ha recordado ese poema tan versado de: Pobre flor que mal naciste/ cuan ingrata fue tu suerte/que al primer paso que diste/tropezaste con la muerte…
    El cuanto tiene un final más esperanzador, pero veo que la reflexión que hace Anabel sobre estas líneas es más parecida a la mía. Todo es efímero, la belleza, la juventud … En definitiva, la vida.

    Un abrazo !

    • Un poema muy bonito Susana.

      Y en definitiva la vida… como decía Calderón de la Barca…

      ¿Qué es la vida? Un frenesí.
      ¿Qué es la vida? Una ilusión,
      una sombra, una ficción,
      y el mayor bien es pequeño;
      que toda la vida es sueño,
      y los sueños, sueños son.

    • De reflexiones tan sencillas, serenas y sinceras,
      podríamos conluir que la belleza particularmente está en los ojos que miran…?
      Cuanta confusión generan los estándares que el consumismo impone y manipula.
      Cuanta energía malgastada cuando nos han echo creer, que somos feos, gordicos o que tenemos las orejas de soplillo…
      Que perversión hay tras de todo ello y como en estas sociedades se han encargado de hacérnoslas creer, para a renglón seguido ofrecernos soluciones quirúrgicas para modificar quien somos, todo ello a modo físico.
      Y nuestra psique también sufre atentados constantes que nos empuja hacia la homogenización del pensamiento, a pensar lo que se lleva, a soñar lo que no es nuestro.
      Que precioso ejemplo es la rosa que nace, vive y muere en un instante, dando pleno sentido a su existencia…
      Cuando yace en la playa, a que parece que está dormida…?

      • ¡Ferrán, qué alegría!

        Oye, que ya te echábamos de menos. Estaba a punto de mandarte un correo para ver si estabas bien.

        Un placer leer siempre tus comentarios.

        Un beso.

  6. me ha encantao II……

  7. Creo que me voy a hacer adicta a vuestro blog. Me encantan los cuentos y de las fotos de Ana ¿que voy a decir que ella no sepa ya?. Creo que haceis un buen equipo.
    Besitos a las dos.
    Belén.

  8. Gracias, Belén. Me alegra que te guste. La idea es que cada uno podais aportar aquello que hayais descubierto y sea digno de compartir, una peli, un libro, un viaje…en fin, que cualquiera pueda hacer una aportación de cosas interesantes. Un abrazo.

  9. Este cuento me ha emocionado y me ha despertado una llamita interior que tenía medio apagada. Gracias chicas y adelante!

  10. Marta muchas gracias por tu visita.

    Me alegra que te haya emocionado, a mi me pasa continuamente cuando leo los cuentos de Anabel.

  11. Marta, desde aquí, un soplo para que no se apague esa llamita. Anímate a volver a escribir y si nos lo mandas lo publicamos en el blog. Un gran abrazo.

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  15. me ha encantado ,pues cerca del mar pueden ocurrir preciosas hitorias como esta

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