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LA FUERZA DE LA VIDA

10 comentarios

La primavera había irrumpido sin avisar.  Mientras apuraba su desayuno, Andrés echó una distraída mirada al jardín.  Las malas hierbas se estaban apoderando de él.  Ya casi no podían verse los rosales que su madre cuidaba con tanto esmero.  Recordaba los fríos días de febrero, cuando ella, inclinada sobre la tierra, tijera de podar en mano, le mostraba como arrancar los tallos viejos para que pudiese volver a llenarse de brotes a los primeros síntomas de buen tiempo.

Había que tener mucho cuidado de cortar sin dañar a la planta. Observar un buen rato antes de meter la tijera para intuir por dónde aparecería un nuevo brote. Se trataba de podar, no de cercenar. Había que quitar solamente aquello que absorbía tanta sustancia del tallo que le restaba fuerza para crear nuevos brotes y florecer en toda su belleza.

De vez en cuando, su madre levantaba la mirada hacia él y a la vez que guiaba su mano le decía: “hijo, es lo mismo que en la vida. Las personas deben revisar de vez en cuando sus brotes.  Cortar todo aquello que ya no necesitamos y dejar fuerzas para descubrir nuevas cosas que van apareciendo.  Si no lo hacemos así, cargamos para siempre con nuestras primeras experiencias, que se van envejeciendo y ya no nos aportan nada y no dejamos espacio para vivir otras nuevas”.

¡Como amaba su madre aquel jardín…!  Cuantas horas dedicadas a plantar, regar, abonar, podar…el tiempo se suspendía y a veces, la sorprendía la falta de luz y corría a lavarse las manos para preparar la cena. Decía que allí estaba su tesoro, y que lo preparaba  para su vejez.

Una vejez que nunca llegó por culpa de aquel maldito accidente.  Su madre rota como una muñeca, dentro de aquel coche repleto de sacos de tierra y de plantas que, como cada primavera, ella había ido a buscar al vivero.  ¡Malditas plantas!  Si no hubiese tenido tanta prisa, él podía haber ido a buscarlas el fin de semana.  Pero no.  ¡No podía esperar….!  La primavera estaba llegando muy deprisa y no quería perderse ni un solo día de disfrutar de su jardín en todo su esplendor.  ¡Maldito jardín!  Por su culpa, su madre había muerto.  Por eso, desde entonces, no podía ni mirarlo.  Era más fácil culparlo a él de la muerte de su madre que permitirse escuchar aquella voz que le reprochaba no haber insistido lo suficiente en que lo esperase para ir juntos como hacían siempre.  La verdad es que en ese momento, él estaba tonteando con una chica de la universidad y habían quedado para acudir juntos a una manifestación de la que no recordaba ni el motivo.  Ni siquiera podía acordarse del nombre de la chica.  Pero aquella voz no se apartaba ni un solo día de su cabeza haciéndole revivir la última conversación con su madre y el alivio que sintió al no tener que perder todo el fin de semana en comprar, plantar….

Los años habían pasado.  El impacto y el dolor de la pérdida habían seguido su curso y de vez en cuando, aparecía con fuerza el deseo de sentir el tacto y el olor de la tierra, aunque se resistía firmemente a llevarlo a cabo.

Aquella mañana, sin embargo, con la luz del sol reflejándose en la cucharilla del café y el olor de la primavera inundando la estancia, decidió asomarse al jardín.

¡Aquello era un desastre!  Hierbajos, caracoles…  Casi sin darse cuenta comenzó a arrancar algunas hierbas que crecían aquí y allí y acabó quitándose la chaqueta y comenzando a meter en un saco que encontró todo lo que no servía.  No sabía por qué, pero cuando abrió la tapa y lo dejó caer al contenedor se sintió liberado de un gran peso y supo que iba a continuar.

Pasó toda la mañana engrasando tijeras y demás utensilios que había dado por inservibles cuando comenzó a trabajar y que únicamente necesitaban una puesta a punto.

Por la tarde, ya había arrancado las malas hierbas y rastrillado la tierra.

Estuvo a punto de acabar con los rosales.  Estaban destrozados y no tenían pinta de poder recuperarse, pero prefirió esperar. Su madre le había enseñado que a veces, una planta que parecía seca podía guardar en su interior la savia suficiente para brotar en cuanto recibiese los primeros cuidados.  Y eso fue lo que hizo.  Podó los rosales poniendo mucha atención, abonó la tierra y la regó abundantemente.

A la mañana siguiente acudió al vivero y compró todas aquellas plantas de primavera que tanto amaba su madre: prímulas, petunias, pensamientos, algunas plantas de olor…

Al volver con el coche cargado de plantas y de sacos de tierra sintió una punzada terrible que le hizo desear parar y tirar todo lo que había comprado por un barranco.  Pero el olor de las flores y de la tierra fresca llegaba a él con toda su fuerza. Y con él la vida. Algo que su madre amaba profundamente y que le transmitió como mejor sabía, a través de su jardín.

Se dio cuenta de que su herida había sanado.  El dolor y la culpa le habían impedido conectar con aquello que más le recordaba a su madre, pero ahora, otra nueva primavera llegaba para él, otra nueva oportunidad de apartar a un lado el miedo a los recuerdos y dejarse acariciar por ellos dando paso al amor y  la luz.  Y siguió adelante con su preciada carga en la parte trasera del coche y su madre sonriéndole desde el asiento del copiloto.

Ana Isabel García Capapey. 2010

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10 pensamientos en “LA FUERZA DE LA VIDA

  1. Otro bonito relato de Anabel, un poco triste pero dejándonos al final un camino para seguir adelante.

    No es fácil hacer las mismas cosas que hacías con las personas que se nos van, duele pero hay que seguir y dejar que los recuerdos que compartimos venzan al dolor.

  2. Otro cuento para reflexionar. Uf, no es fácil educar, es una difícil tarea, pero cuando sentamos unas bases sólidas, por muy duro que sea el recorrido por la vida siempre es más soportable. Por otra parte, todo necesitamos nuestros tiempos, y el tiempo es el mejor amigo para asimilar el dolor de la pérdida de alguien a quien queremos.
    Un gran cuento que, como siempre, va acompañado de 5 fotografías preciosas.

    Como siempre, un abrazo!

  3. Gracias, Susana. Para los que no lo sabeis, Susana participa en el blog de lectura que aparece a la derecha de nuestras entradas. Hace reseñas sobre libros y os recomiendo que los que seais aficionados a la lectura entreis a leerlas. A la vez, participa en uno de los clubs de lectura de Ejea de los Caballeros y escribe poemas de los que os prometo transcribir en este blog.
    Un abrazo, Susana. En cuanto me mandes las fotos les contamos a nuestros compas de blog este maravilloso fín de semana rodeadas de grandes escritores.

  4. Muchas gracias Susana, eres un encanto.

    Mi madre nos dejó hace poco y mientras nos preparaba para su marcha me dijo varias veces: “Hija mía, a la vida a que echarle un par de co..nes”

  5. Anda, Anabel, que nos hemos cruzao.

    Yo soy fiel seguidora del Club de Lectura de Susana, ya tengo en mi lista de lecturas varias de sus recomendaciones.

  6. Otra vez lo leo y otro llorico, espero que las lagrimas sirvan para regar la esperanza en el futuro, pues siempre la primavera ha vencido al invierno.

  7. Yo también lo espero, Felix, de todo corazón. Es posible que te queden aún muchos “lloricos” pero me alegro de que los veas como el riego de la esperanza en el futuro.
    Mi experiencia me dice que el dolor por la muerte de un ser querido no se va jamás. El tiempo lo suaviza y hace que pierdas el miedo a los recuerdos a fín de evitar el dolor que producen. Prevalece el amor y las enseñanzas que el paso de esta persona aportó a tu vida, pero de vez en cuando, el corazón se me encoje.
    Mi hermano murió en julio hace ya seis años y a veces, durante el año, puede pasar mucho tiempo sin que me llegue tan fuerte su pérdida. Pero, no sé por qué, cuando llega el verano, sin previo aviso, el dolor aparece de nuevo con toda su fuerza. He llegado a pensar si será alguna especie de memoria corporal o algo así…pero ya no huyo, lo dejo que llegue y sé que si le doy su espacio después llegan con más fuerza las ganas de seguir adelante. Un abrazo, Felix, de corazón a corazón.

  8. Yo no quiero que el dolor se vaya del todo, porque eso es señal de que los que se han ido nos han dejado una huella inolvidable.

    Jolines, ahora la del llorico soy yo. ¡Vaya, par de hermanos, más llorones!

  9. Pingback: LA FUERZA DE LA VIDA | AventArte

  10. Muy bonito.

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