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LORENA Y ELISA EN BUSCA DE LA SONRISA

9 comentarios

Elisa estaba muy preocupada. Tenía casi cinco años y conocía a su vecino Aitor desde que nació. Se llevaban sólo ocho días y siempre habían sido los mejores amigos. Pero nunca lo había visto como ahora.

Llevaba casi una semana sin invitarla a jugar con el futbolín que le trajo Papá Noel, ni le apetecía poner la tele para ver Tarzán o los Power Rangers.

Elisa no sabía que hacer para divertirle. Le preparaba unos preciosos dibujos envueltos en papel de regalo, le contaba unos chistes graciosísimos que había oído en la tele. Pero todo era inútil. Sus preciosos ojos azules estaban tristes y apagados, no tenía ganas de saltar desde el sofá ni de ponerse su traje del Real Madrid.

Y lo peor de todo.  Había perdido su sonrisa.

Elisa no conseguía dormir pensando que podía hacer para ayudarlo. Habló con su amiga Nerea que también se había dado cuenta y esta le dijo que a dos niños y una niña de su clase de los peces amarillos les ocurría lo mismo, y que Teresa, su señorita, estaba muy preocupada. Había hablado con Cecilia y Mª Pilar y las tres habían visitado al Director porque a muchos niños del colegio les ocurría lo mismo, pero no pudieron encontrar ninguna solución.

Al principio, Elisa creyó que Aitor podría estar enfermo, pero Dolores, su mamá, lo llevó al médico enseguida y no le ocurría nada.

Así pues, había que encontrar la solución por otro lado.

Aquella noche, Lorena, la prima de Elisa había venido a dormir. Elisa tenía muchas ganas de estar con ella para poder contarle todo lo que ocurría pues como Lorena tenía un año más, a veces se le ocurrían buenas ideas. Y estaban hablando de todo esto, con la luz de su cuarto apagada, cuando vieron una pequeña carita que se asomaba por la ventana.

Se pegaron un susto tremendo y las dos, saltaron de la cama.

Al verlas, el personajillo salió corriendo y ellas se asomaron a la ventana a tiempo para ver por donde huía. Cogieron rápidamente las batas que tenían a los pies de la cama y poniéndose las zapatillas de un salto salieron detrás de él.

Al llegar a la calle no se veía nada y anduvieron un rato en la dirección en que habían visto que se marchaba la extraña figura. Y de pronto le vieron.

Era un pequeño duende, con un gorro verde y un gran saco a la espalda que se asomaba a las ventanas, entraba en algunas de ellas y se escapaba rápidamente.

Lorena y Elisa se escondieron y siguieron al duende durante toda la noche hasta que ya casi de madrugada, el duende, siempre cargado con su saco, se refugió en una pequeña cueva.

Las dos primas estuvieron un rato esperando por si salía otra vez, pero como no lo hacía decidieron entrar a buscarlo.

-¿Quiénes sois vosotras? Les preguntó el duende, quien más que enfadado de verlas allí parecía muy triste y preocupado.

-Somos Lorena y Elisa. Y tu ¿Quién eres? ¿y que guardas en ese saco?

El duende, llorando muy triste les dijo:

-Está bien, os lo contaré todo, ya que de todas formas no he conseguido lo que me proponía. Era una tarea demasiado grande para un duende solo. Vereis, yo he sido siempre un duende muy alegre. Vivía en el bosque con mis amigos los animales y no tenía ningún problema. Todos éramos felices. Nos ayudábamos unos a otros y a ninguno nos faltaba un techo ni la comida necesaria.

Pero un día, decidí venir a visitar la ciudad. Al principio, me pareció muy bonita. Había mucha gente que compraba ropas y regalos en los grandes almacenes, colegios repletos de niños que cantaban y reían en el recreo y padres y madres que volvían sonrientes de sus trabajos para cenar y jugar un rato con sus hijos. Todo era precioso.

Pero duró muy poco.

Una noche, paseando, entré en un barrio muy pobre. Allí casi nadie tenía trabajo y el que lo tenía era por poco tiempo. Los niños ni iban al colegio porque sus padres estaban tan tristes y deprimidos que ni se molestaban en llevarlos. Además, aunque alguno hubiese querido ir, no se hubiese atrevido a hacerlo vestidos con aquellas ropas miserables que tenían.

A la hora de la cena, no vi las alegres caras de los otros niños, sino hambre, silencio y pena y me llené de tristeza. Pensé que no era justo que unos tuviesen tantas cosas y otros nada. ¡Había visto tantos juguetes arrinconados por sus dueños porque no les daba tiempo de jugar con todo lo que tenían, tanta ropa desechada solo porque a algún niño no le gustaba su color o porque no tenía demasiado vuelo la falda, y aquellos niños ni siquiera podían ir a la escuela por no poder vestirse.

¡Tenía que hacer algo!

Después de darle muchas vueltas decidí que saldría a robar algunas sonrisas para dárselas a esos niños por una temporada.

Pensaba devolverlas, de veras, pero quería que esos niños supiesen que ellos también podían ser felices y que había alguien en el mundo a quien les importaba. Llegué a darles mi propia sonrisa pero no ha servido de nada. No es suficiente. El trabajo de un duende solo no puede contra toda la injusticia del mundo.

-¡No estás solo! Nosotras te ayudaremos, dijo Elisa.

-Y traeremos a nuestros amigos, añadió Lorena. Tenemos muchos.

-Sois muy buenas, exclamó el duende, pero ¿qué podemos hacer nosotros?

-Lo primero, le contestó Elisa, es que devuelvas las sonrisas a sus dueños, nadie puede ayudar a otra persona si se encuentra triste y deprimido. Y después, déjalo de nuestra cuenta.

-No perdamos más tiempo, dijo Lorena.  Llorar no sirve de nada.  Coge el saco.

El duende cogió el saco y fueron por todas las casas devolviendo las sonrisas que antes habían robado, y cuando lo hacían, despertaban al dueño o dueña de la sonrisa, explicándole lo ocurrido y pidiéndole que les acompañase.  Al cabo de un rato, un montón de niños estaban reunidos en la cueva del duende.  Lorena y Elisa explicaron a todos rápidamente el problema, y entre todos trazaron un maravilloso plan.

Decidieron que el primer paso era que cada uno se desprendiese de todos aquellos juguetes que no utilizaba y convencer a todos sus amigos de que hiciesen lo mismo. Y los llevarían todos a la cueva del duende.  Este, junto con los otros duendes, se encargaría de repartirlos a los niños que no tenían nada.

A su vez, contarían esto a sus papás y les pedirían que preparasen paquetes con comida y ropa.  Cuando fuesen al colegio, hablarían con el Director para que visitase a los padres de esos niños y les invitase a venir a la escuela con ellos.  Entre todos les ayudarían y les prestarían el material que hiciese falta.

Aitor, sobre todo, explicó lo mal que él lo había pasado cuando no tenía su sonrisa y se comprometió a hacer todo cuanto fuese necesario para que no le ocurriese a ningún otro niño.

En fin, que aquella noche la pasaron todos haciendo planes sobre como podrían colaborar para que todo fuese más justo y no hiciese falta que ningún duende tuviese que robar a un niño su sonrisa para que otro pudiese sonreír al menos una vez, pues la sonrisa es un derecho de todos y cada uno de los niños.

Ana Isabel García. Diciembre de 1994

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9 pensamientos en “LORENA Y ELISA EN BUSCA DE LA SONRISA

  1. Hace mucho tiempo que quería compartir este cuento con vosotros.
    Lo escribí para mi hija cuando tenía tres o cuatro años y todas las mañanas discutíamos porque sólo quería ponerse faldas que tuviesen mucho vuelo, o que fuesen de color rosa…
    Aitor, el niño que había perdido la sonrisa, era entonces vecino nuestro. Tenía ocho días más que Elisa y estaban siempre juntos. La mayoría de las veces, teníamos las dos puertas abiertas (vivíamos en el mismo rellano) y ellos iban pasando de una casa a otra.
    Desde hace dos años, Aitor andaba peleando con una puñetera leucemia. Le hicieron un transplante de médula de su padre, que resultó ser donante compatible, y después de mucha quimioterapia y todo lo demás, no salió bien.
    Ahora había vuelto a pasar por otro montón de sesiones de quimioterapia porque otra vez se había reproducido y estaba esperando recuperarse para someterse a otro transplante en Santander.
    Yo guardaba este cuento para contaros su historia después del transplante, esperando un final feliz, pero no ha podido ser. Su sonrisa se ha borrado para siempre y con ella la de sus padres, su novia y la de tanta gente que le queríamos.
    La vida tiene estas cosas. A veces es una puta mierda. Por eso no podemos perdernos ni un sólo momento de disfrutar, de repartir sonrisas y de recoger todas las que nos regalen.
    Ayer, cuando le contaba esto a una amiga yo le decía: “Esto es, como para no levantar cabeza” y ella me contestó: Sí, pero es tan duro vivir sin levantar cabeza”.
    Está claro que hay que seguir adelante. Ójala Dolores y José lo consigan.

    • Llevo un rato con el cuadro para dejar el comentario abierto y no sé que poner. Estos días ya hemos hablado algún ratico sobre Aitor, y sé lo mucho que os ha dolido, pero sobre todo no puedo dejar de pensar en esos padres ¡qué duro, no quiero ni pensarlo! A veces no hay palabras…

  2. Siento que Aitor no lo haya podido superar la leucemia, sí es una putada, y claro que hay que levantar la cabeza, que la vida nos va acostumbrando a base de golpes, así que toda mi solidaridad con su familia y amigos.

    Al leer el cuento había escrito otra cosa, después al ver tu coment, y saber de donde viene esta historia, he dudado en colgarlo, pero… ahora pienso que es también otra sonrisa robada, pero esta para siempre; como soy muy insegura, finalmente decido dejaros también lo que inicialmente me había dicho este cuento:

    Una buena historia para colgarla en un día como hoy.

    Sí, hoy hay huelga general, una huelga tardía, muy tardía…ya las leyes están aprobadas y ya estamos a merced de una agresiva política neo-liberal. Y de verdad, amigas mías, si una de las dos Españas pudo helarme el corazón, como bien intuyó D. Antonio Machado, la otra está consiguiendo robarme la sonrisa y la esperanza. Aquí el problema es que quien nos está robando la sonrisa no es un nomo pobre y bonachón, y aquellos que asumieron en su día el papel de Lorena y Elisa, hoy se han convertido en auténticos ladrones de sueños.

    Buen cuento Anabel, buen cuento… que tu cuento quizá no diga eso, pero mira … un cuento lleva a otro cuento, y otro cuento a otro cuento y al final de todos los cuentos te has quedado sin sonrisa.

    Un fuerte abrazo!

    • Ay, Susana, que no es un cuento, que de verdad nos quieren quitar la sonrisa, la esperanza, el futuro…

      Es verdad que para las leyes que están ya aprobadas seguramente es tarde, pero nos queda la lucha para conseguir que no sigan más leyes como esa, y mucho me temo que es lo que nos espera. Además otras veces se ha conseguido que echaran marcha atrás, pero para eso tenemos que estar más unidos, olvidarnos de politiqueos y escusas, y ser conscientes de lo mucho que nos jugamos.

      Como decía mi sobrino, 11 años, en la manifestación de hoy “Estoy aquí para luchar por mi futuro”.

      Un beso.

    • mientras tanto, buscaremos respuestas en el viento
      no dejando nos entristezca la abundante mezquindad humana
      infinita como el universo…
      las personas tenemos la capacidad de ser todo y eso nos hace grandes
      cuando nos organizamos, a pesar de los métodos, empezamos a ser mezquinas
      aunque nos sintamos fuertes y grandotes
      y sin métodos nos podemos convertir en monstruos de esos que asustan a los niños y a muchos mayores
      un beso para Aytor que nos estará leyendo
      y un abrazo para esta maravillosa comunidad de hadas

  3. Muy bonito y muy entrañable, aunque desconocía la historia real de Aitor. Me parece un cuento muy indicado para leerse en Navidad, no sé porqué pero así me lo parece. Quizá sea debido al sentido comercial que empaña esas fiestas. Me ha gustado mucho.

    • Gracias, Marcos. Realmente, fue en Navidad cuando lo escribí, ante los anuncios de juguetes y las largas listas de petición a los Reyes Magos.
      Por mi trabajo conocía entonces a una familia que lo estaban pasando muy mal económicamente y la madre nos contaba que el niño mayor no quería ir al colegio porque no tenía calzoncillos y tenía que llevar bragas. Cuando le conté esto a Elisa le impactó. No se lo podía creer. Pienso que si le digo que estaba pasando hambre no le causa tanta impresión. Y esto fue lo que me dió la idea. Quería que supiese que el mundo está muy mal repartido y que no podemos vivir pendientes de tantas tonterías (marcas, modas…).
      Lo mejor del cuento original es que está ilustrado con dibujos de Elisa (de los que se hacen a los cuatro años).

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