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EL CARTERO DE SUEÑOS

25 comentarios

Érase una vez un pequeño pueblo, muy, muy lejano, rodeado de hermosas montañas, verdes valles y un caudaloso río con aguas transparentes. A los ojos de cualquier visitante, un lugar idílico donde vivir. Sus calles eran tranquilas, sin ruidos ni accidentes y sus habitantes se conocían desde siempre y se saludaban con cortesía.

Y ahí estaba el problema. Demasiada tranquilidad. Hacía mucho tiempo que no se escuchaban los gritos de las madres llamando a sus hijos para la merienda, que no había discusiones a la cola de la panadería o carcajadas nerviosas entre las adolescentes cuando pasaban ante ellas los chicos del instituto. Los días transcurrían monótonamente, uno tras otro, sin que nada hiciese desear atrapar un momento especial y conservarlo para el resto de la vida.

Aunque esto, no siempre fue así. Años atrás, nuestro pueblo era bullicioso, alegre y feliz. La gente se pasaba buena parte del año preparando los trajes que lucirían en las fiestas, blanqueando las fachadas a la llegada de la primavera y probando, ahora en una casa, ahora en otra  los vinos de la última cosecha. Cualquier acontecimiento servía de excusa para organizar una fiesta y la vida transcurría dulce y sencilla.

Una mañana, una importante empresa multinacional solicitó una reunión con todos los vecinos. Traían consigo una propuesta, imposible de rechazar,  que beneficiaría a todos los habitantes. Hablaron y hablaron, sobre cifras, sobre crecimiento demográfico, sobre nuevos negocios que llegarían atraídos por esta inversión…y quien más quien menos, dejó que sus noches se poblasen de sueños de riqueza y prosperidad, apostando por esta nueva idea y abandonando las cosechas, vendiendo el ganado y matriculando a sus hijos en colegios privados, lejos del pueblo.

Pero todos aquellos sueños se vieron rotos, de repente, cuando se conoció la noticia de que otro pueblo, todavía más pequeño y más lejano, reunía mejores condiciones para el proyecto. La empresa desmontó sus oficinas y, sin siquiera una disculpa, desapareció del  pueblo de la noche a la mañana. Y con ella, desaparecieron también las ilusiones y las esperanzas de todos los habitantes.

Todo volvió poco a poco a la normalidad, pero ya nada fue lo mismo. La mayoría de la gente había gastado el dinero obtenido con la venta del ganado y se llenaron de deudas al tener que comprar reses nuevas, fue imposible sacar adelante la cosecha de ese año, abandonada durante tantos meses y los niños y jóvenes tuvieron que dejar a medio curso sus nuevos colegios, sus nuevos amigos, sus nuevos sueños de futuro y regresar a sus casas y a su colegio de siempre que ahora parecía más insignificante que nunca.

Y poco a poco, los habitantes de nuestro pequeño pueblo se fueron llenando de melancolía por los sueños perdidos y no quisieron volver a soñar porque se habían convencido de que todos los sueños acaban rotos tarde o temprano y continuaron con sus vidas de siempre, aunque ahora ya no hubiese ilusión por estrenar vestido el día de la fiesta, por pisar las uvas o por conseguir una mirada de la vecina de pupitre.

Una mañana, como cualquier otra, un joven cartero llegó al pueblo para sustituir al cartero de siempre que se había jubilado. Se enamoró a primera vista de las altas montañas, los verdes prados y del río de aguas cristalinas y decidió que aquel sería su hogar. Se instaló en una pequeña casita y se acostó, deseándose a sí mismo dulces sueños.

Pero no soñó. Ni esa ni ninguna de las noches posteriores. No sabía por qué, pero desde la misma noche en que llegó, dejó de soñar. El cartero echaba de menos sus sueños. A través de ellos se paseaba por todo el mundo, conocía a personas maravillosas y cada noche podía convertirse en aquello que desease.

Su abuela le había enseñado a interpretarlos y a través de ellos descubría cada día aquello que anhelaba, lo que le daba miedo y lo que le hacía feliz. Le hacían sentirse vivo.

Reflexionando sobre esto, se dio cuenta de la falta de alegría en el resto de sus vecinos, de sus días sin ilusión y de las pocas cartas que se recibían en el pueblo, como si las noticias del exterior hubiesen sido evitadas, rechazadas, ignoradas, o, no sabía qué…

Y decidió saber. Hablando con unos y con otros se fue enterando de lo ocurrido; de cómo con aquel proyecto fallido que, supuestamente,  iba a cambiar al pueblo de arriba abajo, se fueron sus ilusiones, sus sueños y sus esperanzas y, se enteró también de que, a pesar de no haberse llevado  a cabo, aquel proyecto trajo cambios al pueblo, aunque no los que ellos habían deseado. Se había convertido en un lugar sin riesgos, dónde todos procuraban no desear nada, ni soñar con nada por miedo a volver a perderlo.

Una tarde, después de repartir la poquísima correspondencia que había llegado en la saca, el cartero  salió a dar un paseo por la montaña. Subió y subió disfrutando del maravilloso paisaje, sentándose de vez en cuando a la sombra de los árboles, hasta llegar a un pequeño lago escondido entre dos montañas.

Y allí los vio.

Atrapados en el agua se encontraban los sueños negados de todos los habitantes del pueblo. Surgían por la noche tratando de penetrar en los corazones de los vecinos, cerrados a cal y canto,  y al no conseguirlo, debido a la gran coraza que estos habían construido alrededor de sus emociones, se evaporaban, siendo atrapados por las nubes que, suavemente, los descargaban en el lago. Estaba a rebosar. El joven cartero no sabía que hacer con todos aquellos sueños. Por fin se decidió. Abrió su mochila y metió allí todos los que pudo, bien apretados.

Reconoció algunos como propios y se los llevó puestos, sintiendo que su corazón se aligeraba, como cuando después de una larga  espera, por fin te encuentras con esa persona largo tiempo anhelada.

Se pasó toda la noche escribiendo sobres. Los  llenaba al azar, con el primer sueño que le salía de la mochila, porque no conocía  a los habitantes del pueblo y por tanto, no podía adjudicar a cada uno el que le pertenecía, y a la mañana siguiente los  fue repartiendo de casa en casa.

Hubo algunos sobres devueltos. No todos se atrevieron a abrir una carta que no traía remite. Tened en cuenta que el miedo se había instalado con fuerza en sus corazones.

Por otro lado, los contenidos  de otros sobres dieron lugar a situaciones un tanto desconcertantes, incluso comprometidas.

Debido al reparto de sobres al azar, la maestra recibió el sueño que correspondía a una  alumna enamorada, el alcalde, cuyo deseo había sido siempre continuar en su cargo hasta la jubilación, soñó que recorría el mundo con una mochila, acompañado de un perro. ¡Un perro con él, alérgico desde pequeño a cualquier animal! Y lo curioso es que le gustó. A la mujer del farmacéutico le llegó el sueño destinado a la hija del juez, que estudiaba piano y solfeo desde hacía años, y se vio a sí misma interpretando, entre grandes ovaciones, y vestida de japonesa, a Madame Butterfly. No tenía ni idea de quien era esa mujer de ojos rasgados que se clavaba un cuchillo en el vientre. Eso sí, a partir de ahí, de su ventana salían a todas horas melodías más o menos afinadas. Pero con todo y con eso, poco a poco, la vida fue acercándose al pueblo pasito a paso. Volvieron las risas, las discusiones, la música, los enfados…

El joven cartero, como buen profesional que era, mejoró notoriamente en su oficio. Cada mañana, antes de comenzar su horario de trabajo, subía al lago y elegía los sueños que repartiría ese día, y ahora sí, buscando para cada uno el que le parecía más adecuado; sueños de amor, para acompañar las noches de las almas solitarias; de aventuras, para aliviar la monotonía de las largas jornadas en los campos, de princesas y dragones para que los niños volviesen a creer en la magia…

Y así, poco a poco, fueron pasando las noches y los días, y muy poco a poco, despacito, como surgen todas las cosas que tienen posibilidad de durar, la risa, la esperanza y el amor regresaron al pueblo y fueron  disolviendo aquellas corazas con las que el miedo había ido envolviendo el corazón de su gente y  volvieron  a interesarse por la vida de sus vecinos, a intercambiar consejos sobre como obtener el mejor partido de las semillas, a pensar en el vestido para las próximas fiestas y a reír escandalosamente, como corresponde a todo grupo de adolescentes, cuando el chico más guapo de la clase las mire de reojo al cruzar la plaza.

Ana Isabel García. Marzo de 2011

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25 pensamientos en “EL CARTERO DE SUEÑOS

  1. Bonito cuento. Es una pena que haya tantas multinacionales a nuestro alrededor, que más bien se dedican a intentar cambiar nuestros sueños por otros más materiales.

    • Tienes razón. Y esos sueños que las multinacionales nos “invitan” a tener, son los que luego nos quitan cuando a ellos les da la gana. Por eso, tenemos que estar cada vez más pendientes de esa brújula que todos llevamos dentro y que siempre dirige su aguja hacia aquello que nos hace felices, generalmente, las cosas más pequeñas, las del día a día.
      Un abrazo.

  2. Un cuento precioso, como todos los tuyos. Planteando un problema, pero a la vez dándole solución y sobre todo esperanza en el ser humano y las cosas sencillas, has encontrado tu camino y eso me hace muy feliz, gracias.

  3. Me encanta! Creo que debería existir ese puesto. Cartero de sueños. Realmente es una pena que haya quién pierde los sueños y quién no los ha tenido nunca. Habría que hacer algo.
    SAVE THE DREAMS!!!!. Besos.

    • ¡Yo misma me apuntaría a las oposiciones!!!

      SAVE THE DREAMS!!!

      Besos guapa. 🙂

    • Elisa, lo mejor de todo es que ese pueblo existe. Está en todos los pueblos, ciudades, barrios, asociaciones, grupos de cualquier tipo y en cualquier corazón que no depende de lo externo para ser feliz. En la gente que lo que más le hace disfrutar es un café en buena compañía, la lectura de un libro, la sonrisa de la gente que ama (incluso de la que no ama), que sufre con el dolor ajeno y que escucha a su corazón.
      Y ese puesto de cartero de sueños, también existe. Cualquiera de nosotros, los que estamos en el blog, los que, aunque no entren a hacer comentarios, nos leen y comparten con nosotros. Los que llevan la sonrisa puesta desde que se levantan y la regalan a todo el que pasa por su lado.
      Como tú.

  4. Precioso y profundo , me has hecho pensar y ver un rallito de luz en mi momento actual, seguir escribiendo relatos así, son muy confortadores Gracias un beso

    • Gracias, Esperanza. Me alegro de que te haya llegado ese rayito de luz del que hablas. Agárrate a él y sigue adelante. Cuenta conmigo si hay que avivar la llama.
      Un abrazo.

  5. Preciosísimo el cuento, me he quedado embobada leyéndolo. Yo también me apunto a cartera de sueños.

    • Pues yo creo que no vamos ni a hacer oposiciones. Me da la impresión de que es un trabajo en el que siempre hay plazas libres, así que Belén, desde este mismo momento se te nombra “Cartera oficial de sueños”. Y todo el que quiera puede solicitar el mismo nombramiento.

  6. A mí me resulta difícil creer en una vida sin sueños. Ese cartero pasa siempre pero lamentablemente, hay personas que no abren esos sobres.

    Yo me apunto a… ¡SAVE THE DREAMS! como propone Elisa.

    “Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar” – (A. Machado)

    El cuento, como ya te dije, me parece tierno, precioso y encantador, Anabel.
    Un abrazo.

    • Pues es verdad que no se puede vivir sin sueños.
      Una vez, comentando la situación tan dura por la que pasaba una amiga, y sobre la que yo opinaba que “Es para no levantar cabeza” mi amiga Blanca me dijo: “Pero, es que no se puede vivir sin levantar cabeza” y me lo apunté muy adentro, como me apunto siempre esas grandes máximas que me ayudan a entender la vida.
      Hay que seguir adelante y pase lo que pase, hay que luchar por volver a ser feliz.

  7. Me parece un cuento muy bonito y original. Me quedo con su esencia, la importancia de los sueños y su papel revelador de nuestras partes más guardadas y difíciles de escrutar. El cartero de mi pueblo también trae malas noticias, Hacienda Pública Acreedora, Bancos, Multas de Tráfico, Impuestos Locales… yo creo que es por eso que se desgañitan mis perros de gritarle. Hubo una época en la que el cartero era un ser muy querido, que te conectaba con otras formas y núcleos de humanidad, recadero y conversador inagotable, cuando no había más prisa que la precisa en la obligaciones agrícolas y alguna que otra cuestión de salud. No le gritaban los perros porque siempre llevaban un trozo de pan en el bolsillo para acallar su curiosidad y lo más importante, en su mano llegaban noticias del pariente lejano, de la novia/o amada/o, del hijo en la mili o de la invitación a bodas y comuniones, por lo general y costumbre cosecha de lo sembrado en materia de comunicación. Recuerdo como me gustaba oler los sobres y cartas manuscritas, imaginar en definitiva otros mundos, con saludable curiosidad. Era como ensoñar despierto y con esto corto que me emociono y puedo aburrir. Como estimulan tus letras Anabel !

    • Tu nunca me aburres, Ferrán. Tus palabras siempre me hacen reflexionar otro poquito y eso me encanta. Tienes razón, el cartero ya no es bien recibido por los perros en las casas y lo peor de todo es que ni siquiera lo pretende.
      Cuando yo me casé (tenía 22 años) vivía en Pamplona y me contrataron para repartir cartas en un pueblo que se llama Villafranca de Navarra. Era un pueblo acogedor y su gente muy amable. Cuando llamaba a una puerta o me veían pasar, raro era quien no me invitaba a un vaso de agua, algo de fruta de la que había en su huerta y, por supuesto, una buena conversación. Así era fácil que los perros me conociesen al cabo de dos días y que supiesen que en aquella casa era bienvenida. Al cabo de tantos años, todavía recuerdo nombres y apellidos de muchas de las personas de ese pueblo.
      Ahora, en la mayoría de las casas, cuando pasa el cartero no hay nadie, sólo los perros que se sienten obligados a ladrar porque su dueño no les ayuda a distinguir quien es de fiar y quien no, y cuando lo hay, le molesta incluso que le toquen el timbre si su carta es para algún otro vecino que no se encuentra en casa.
      En fín, que estas cosas es como la pescadilla que se muerde la cola. Una lleva a la otra.
      Un abrazo, Ferrán, tengo muchas ganas de conocerte en persona.

  8. cachis diez!!! me toca poner el comemtario detras de uno de Ferran, bueno lo primero me ha encantado el cuento Anabel y eso que he tenido que empezarlo varias veces sin poder acabarlo por las interrupciones, unas de mi hijico y otras del movil de los “webos”, cosa que no ha venido mal asi lo lei tres veces.
    Besicos
    Félix

    • Pues casi te lo habrás aprendido.
      Me comentabas que se han convocado o se van a convocar oposiciones a cartero. Podíamos proponer incluirlo en el temario.
      Un abrazo.

  9. Es cierto que hay tantos ladrones de sueños que lo peor no es que te los intenten robar, sino que llegue el momento en que ya… renuncies a tenerlos.

    Felicidades también a la fotógrafa jejeje

    Un besico !

    • Gracias por la parte que me toca 🙂

      Sería terrible que un día dejáramos de soñar…

      Besos.

    • ¡Esa es la idea que yo quiero transmitir! Nunca dejes de soñar, lo diga quien lo diga. No se puede vivir sin ilusiones, sin alegría, sin sueños.
      Esta tarde tengo un curso con profesores, el tema es “factores de riesgos psicosociales”, y me llevo el cuento y los dos libros de Manuel.
      Un profesor no puede trabajar sin transmitir a sus alumnos la necesidad de creer en algo, por muy difícil que sea de alcanzar. Y sólo puede transmitirlo si de verdad lo siente. Así que ¡A por ellos! con todo mi cariño y con el sueño de conseguir una enseñanza más humana.

  10. Hola soy Víctor y el cartero te deja este mensaje.
    Ya sabia que esperabas que te pusiese un comentario pero no tuve tiempo asi que aqui va.
    Este cuento me ha parecido mas que un cuento un verdad porque hay muchos ladrones de sueños sueltos asi que haber si se soluciona me ha encantado tienes un ¡Talentazo sigue asi Anabel¡

    • Bueno Victor. Es verdad que estaba impaciente esperando tu comentario. Ya comenzaba a pensar que no te había gustado. Ahora bien, si es porque has estado estudiando o charlando con tu novia, lo entiendo perfectamente.
      Muchas gracias por tus palabras. Te voy a hacer caso y a ver cuando nos prestas otro de tus poemas.
      Un abrazo

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