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SOLEDAD

3 comentarios

Corazón oprimido

Cuando Soledad traspasó por primera vez el umbral de su casa en brazos de su madre, todavía no podía saber que esa sería a partir de entonces su prisión, ni que ese nombre había sido elegido como una condena a perpetuidad que le recordase que ninguna de las dos debería confiar jamás en ningún hombre y que vivirían solas en aquella casa para que nadie pudiese hacerles más daño.

Lo primero que su madre hizo, después de introducirla en una cuna con barrotes altos y oscuros, sin juguetes, y carente de esos adornos con música y alegres colores que suelen colgar de los lechos de los recién nacidos, fue bajar todas las persianas de la casa y cerrar a cal y canto las ventanas, como si cualquier resquicio de luz o de alegría que pudiera introducirse desde el exterior pudiese quebrar la poca entereza que sentía.

Evitaba hablar y mirar a su hija y todo contacto que Soledad obtuvo de ella fue el imprescindible que la niña necesitaba para ser aseada y alimentada.

Fue una niña silenciosa, muy silenciosa, como si percibiese esa extrema fragilidad en su madre y el peligro para ambas que supondría romperla.

Aprendió a caminar casi sin rozar el suelo, a abrir los armarios sin que hiciesen ruido, a alejarse lo más posible de la alcoba materna, y a mantener las persianas y cortinas de forma que no pudiese atravesarlas el mínimo rayo de luz, para que no aumentasen los continuos dolores de cabeza de su madre.

Comenzó el colegio lo más tarde que la ley permitía y lo hizo en un lugar muy alejado de su casa, donde solo asistían niñas y nadie sabía quién era ella, ni conocía su origen ni el pasado de su madre. Tan lejos, que le impedía quedar con sus compañeras a la salida de clase para jugar, o hacer los deberes, aunque ninguna de ellas tuvo el deseo de pasar la tarde, de compartir juegos o de invitar a su cumpleaños a aquella niña extraña y silenciosa, que aparecía como una sombra cuando menos se esperaba y que vestía siempre de oscuro y no conocía a ninguno de los personajes que salían en la tele.

Pero una noche de verano, Soledad no podía dormir en aquella casa tan cerrada y con gran sigilo abrió la puerta que daba al balcón, mientras su madre dormía encerrada en su dormitorio, y se asomó a la barandilla.

No había pasado mucho tiempo cuando oyó abrirse la puerta de la terraza en la casa de al lado. Soledad quiso esconderse rápidamente y cerrar la ventana, pero se dio cuenta de que la descubrirían, así que se quedó muy quieta, escuchando las voces de un hombre y una niña y cómo arrastraban dos sillas y se sentaban a la luz de la luna.

El hombre encendió un cigarro y se oyeron unas risas suaves, motivadas por algo que la niña había comentado.

Al momento, el hombre comenzó a cantar muy bajito una hermosa melodía y ese sonido desconocido provocó en Soledad una extraña sensación en el pecho. Cuando terminó la canción, parecía que el aire le faltaba a Soledad y sintió un picor extraño en los ojos y en la garganta.

Se escuchó la voz de la niña pidiendo a su padre otra canción que aseguraba era su preferida y el hombre, riendo, dejó brotar de su garganta aquello que su hija le pedía. Esta vez, la voz de la niña se unió a la de su padre, y los dos muy bajito cantaron juntos, provocando en Soledad una hermosa y dolorosa sensación.

Por primera vez fue consciente del amor entre un padre y una hija. Es más, por primera vez supo que existía el amor. Se sintió deseosa de conocer ese lenguaje musical tan poderoso, que hacía que su corazón latiese a un ritmo desenfrenado, con una sensación desconocida para ella.

A escondidas de su madre, compró unos auriculares y una radio muy pequeña y comenzó a escuchar música y a descubrir canciones que hablaban de amor, de dolor, de alegría…

Todas las noches durante aquel verano abría muy despacio la puerta del balcón y se deslizaba sigilosamente, como una espía, para escuchar a sus vecinos cantar y reír y para oler el perfume a dulces y tortilla de patatas que emanaba de la familia que vivía pegada a ella y a la que nunca había dirigido la palabra.

Soledad sospechaba que sus vecinos sabían que estaba ahí, escondida y escuchando con hambre todo lo que salía de sus bocas y que por eso no faltaban ninguna noche a la cita, ni dejaban de regalarle esos sonidos que alimentaban su alma. Pero el verano terminó y las noches se fueron tornando frías y lluviosas.

Sol x Samyang

La primera vez que la puerta no se abrió a la hora acostumbrada, Soledad no pudo dormir aquejada de un vacío que nunca antes había sentido. Esperó un par de noches más y un sábado por la mañana, cuando escuchó ruidos a través de la pared que unía su casa a la de sus vecinos, con los nervios encogidos en el estómago, abrió la puerta de la calle y tocó el timbre que estaba pegado al suyo.

Cuando la puerta se abrió, Soledad se atrevió a levantar la vista y encontrarse con aquella familia, que la miraba con ojos que aún no habían terminado de despedir al sueño.

¿Podría escuchar una canción? Preguntó con una voz débil por el miedo y la falta de uso.

La niña la cogió de la mano y con un suave tirón la invitó a entrar en la casa, cerrando la puerta tras de sí.

¿Cómo te llamas? Le preguntó.

Me llamo Sol, respondió aquella que nunca más volvería a ser Soledad.

Y en el momento en que ella pronunciaba su recién estrenado nombre, una hermosa luz se colaba por las ventanas abiertas de par en par, mientras la madre preparaba dulces y café con leche, y el padre y la niña entonaban para ella hermosas melodías.

Ana Isabel García Capapey
12-3-2018

 

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3 pensamientos en “SOLEDAD

  1. Un relato magistral, lleno de amor a la vida y a todo lo que nos rodea.
    Un regalo para todos los que te seguimos. Gracias

    • Gracias, Blanca. En este relato he querido hacer un homenaje a mi padre con el que compartí tantas noches de canciones en el balcón de nuestra casa, y a mi madre, que siempre supo conseguir que nuestra casa tuviera olor de hogar.

  2. Me encanta que los cuentos vuelvan al blog, son su esencia. Anabel tienes que escribir más. 🙂

    Besos.

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